La deuda colonial
Desde antes incluso de completar la serie completa de videos de la asignatura de DBGH, ya sabía que había una serie de temas que quería tratar a fin de completar algunos aspectos que me parecían incompletos o en los que quería profundizar. Uno de esos documentales, el primero que hice, fue el de la conquista de América. Otro aporte muy importante fue el Anexo en tres partes al Tema 10 (10.10, 10.11, 10.12) de la asignatura donde, con ayuda de varios especialistas, intentamos desmontar los argumentos creacionistas que intentan usar argumentos de aspecto científico para “demostrar” sus conclusiones religiosas. Aún tengo varios temas más sobre los que quiero tratar, si los videos y podcasts secundarios y espontáneos que se me ocurren no me quitan todo el tiempo… y hoy quiero presentar una de estas ideas, la cual con toda seguridad será una serie propia de varios documentales. La serie se llamará «La Deuda Colonial», y lo que quiero tratar son los crímenes contra la humanidad y los genocidios cometidos por las potencias occidentales durante la época colonial. Un tema sin duda algo macabro y no recomendado para todos los públicos.
El origen de la idea:
Todo comenzó durante las
clases de DBGH del Tema 11 sobre los primeros evolucionistas, y muy
concretamente el Tema 11.5 sobre el final del siglo XIX y su contexto colonial.
Esta clase del profesor Armando González fue una de las clases que se me
quedaron grabadas más profundamente en el recuerdo, seguramente también porque
la clase estaba basada alrededor de las lecturas de uno de los grandes libros
sobre el tema: «El sueño de África», de Javier Reverte.
Durante este episodio, me
enteré por primera vez de los simpáticos entretenimientos que se traía el rey
Leopoldo II de Bélgica en su finca particular del Congo, en el centro de
África. En aras del lucro, este venerable personajillo instigó y fue
responsable de uno de los mayores crímenes contra la humanidad jamás cometidos.
Las estimaciones actuales más elevadas calculan que en el Estado Libre delCongo fueron asesinados de diversas y atroces maneras hasta 15 millones de
personas. En apenas 23 años. Una auténtica monstruosidad.
Este descubrimiento para
mí fue absolutamente transformador y chocante. Debido al tupido velo que se ha
corrido sobre toda la época colonial en el siglo XIX, yo me crié pensando que
hasta las atrocidades cometidas por la Alemania Nazi de Hitler, el mundo había
sido un lugar más o menos feliz. Había habido guerras y masacres, claro, pero
yo crecí pensando que a nadie más que al chalado de Hitler se le había ocurrido
la barbaridad de intentar exterminar a un pueblo… Muy equivocado estaba. Muy
equivocados estamos todos. Es extraño lo mucho que incomoda hablar de
genocidios y masacres colonialistas, pero es así. Y yo empecé a preguntarme por
qué sería… Y también empecé a indagar un poco más sobre la cuestión, claro. Ahí
nació la idea para esta serie.
El alcance de esta serie:
Como es lógico, es
necesario acotar un poco el alcance de esta serie y de las investigaciones que
voy a realizar. De lo contrario, sería imposible abarcarlo todo. Originalmente
mi idea había sido la de crear una única clase magistral de más o menos una
hora de duración para tratar todos los genocidios que han existido. Pero no
todos los crímenes coloniales pueden considerarse genocidios, y no todos los
genocidios estuvieron motivados colonialmente. Y, por otro lado, ¿cuándo
empieza la época colonial? ¿La colonia holandesa del Cabo fundada en 1652
entraría dentro de la definición? ¿Los crímenes de la Compañía Holandesa de las
Indias Orientales en las islas del pacífico hacia 1620 cuentan como crímenes
coloniales? ¿Y la conquista española de América?
En mi opinión, y en
concordancia con las ideas expuestas a lo largo de la asignatura de DBGH, la
época colonial no comenzó hasta finales del siglo XVIII y tuvo su momento
álgido en la segunda mitad del siglo XIX. Ello se debe a que la época colonial
es fruto de una ola de expansiones europeas que nacieron al calor de la
Revolución Industrial, y que tenían en su base esa motivación comercial y de
lucro. Sin duda la Compañía Holandesa de las Indias Orientales y las colonias
británicas en Norteamérica tenían ya ese componente comercial en su seno, sin
embargo estaban aún muy ligados a un expansionismo nacionalista y a unos
intereses nacionales. El gran cambio de paradigma en el siglo XIX fue la
aparición del estamento empresarial, la burguesía, y la iniciativa privada.
Esto es un cambio fundamental con respecto a la mentalidad anterior de las
sociedades que buscaban la expansión territorial para mayor gloria de sus
gobernantes. Mientras que las Américas se conquistaron en nombre del emperadorCarlos V, la reina de Inglaterra era más bien anecdótica en relación a la
anexión de la India por parte de los británicos, y Leopoldo II de Bélgica sehizo con el Congo para su lucro personal, no para ninguna gloria ni prestigio
internacional. Creo que hay una diferencia de mentalidad importante entre ambas
épocas, y sobre todo, una continuidad de la mentalidad capitalista colonial con
la que impera en la actualidad. O sea, que si esta serie ha de servir para que podamos
extraer alguna lección de utilidad en la actualidad, tiene sentido que me
limite a aquellos periodos que tienen una continuidad política y económica
directa. Esto es el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX.
Propuestas de investigación
Como siempre en esta
asignatura, soy la persona menos adecuada para hablar de ninguno de estos
temas: no tengo ni idea al respecto. Lo único que tengo a mi favor es mi
interés por la cuestión y mi pasión por la lectura. Será, por tanto, un
proyecto bibliográfico. A medida que vaya leyendo libros sobre los crímenes y
genocidios coloniales, intentaré ir produciendo nuevas entregas para la serie.
Potencialmente se trata de un trabajo infinito e inacabable, pero también
abierto a expandirse aún más y a contribuciones externas.
En los pocos años que llevo
pensado sobre esta cuestión hay varios temas sobre los que me gustaría
investigar, que son los siguientes:
-La «Rebelión de los
Boxers» en China y la apertura forzosa del Japón de los Samuráis al comercio internacional
en el siglo XIX.
-El genocidio de los
indios Mapuche en Argentina y el exterminio de los Ona, Yaghan, y Haush en Tierra
del Fuego a manos del gobierno Chileno («Genocidio Selk’nam»).
-El colonialismo
alemán en África: el genocidio de los Nama y los Herero entre 1904 y 1908 en la
actual Namibia.
-El genocidio de los
indios Yaquis y Mayas en el México del general Porfirio Díaz a principios del siglo
XX.
-El genocidio Armenio
de 1915 a manos de la República de Turquía.
-La guerra de secesión
colonial en Marruecos y Algeria contra España y Francia.
-El genocidio de los
aborígenes australianos en el siglo XX.
-Etc.
Hay otros temas que, no
obstante, doy ya por tratados, ya sea en la asignatura de DBGH o en alguno de
mis anteriores documentales o podcasts, y sobre los que no me extenderé más:
-El Estado Libre
del Congo de Leopoldo II de Bélgica queda cubierto por el «Tema 11.5 – El finaldel siglo XIX» de la asignatura de DGBH.
-La conquista de
América y sus consecuencias quedan cubiertas tanto por mi documental de «Laconquista de América» como por los Temas 9.8, 9.9 y 9.10 de la asignatura de DBGH. También recomiendo la crítica de Nick Hodges a la película
-El genocidio de los
nativos norteamericanos se trata también en mi documental de «La conquista deAmérica», sobre todo en el fragmento del magnífico video de Nick Hodges sobre la
película «Bailando con lobos» en su canal de YouTube «History Buffs», y también
se habla sobre la cuestión de los nativos norteamericanos en el «Tema 9.5 – El Hombrede Kennewick» de DBGH.
-Los genocidios de
la Compañía Holandesa de las Indias Orientales en el pacífico también han recibido
su mención en mi documental de «La conquista de América» en una lectura de Daron
Acemoglu y James A. Robinson de su libro «Por qué fracasan los países».
-Sobre la esclavitud
norteamericano y la discriminación racial en EE.UU. ya hablamos a lo largo del Tema12 de DBGH, especialmente en el «Tema 12.7 - Esclavitud y el Movimiento por losDerechos Civiles». También recomiendo encarecidamente el libro autobiográfico
Por supuesto esta lista es
incompleta y está abierta a sugerencias y a ampliación.
Examinemos ahora cuáles son las razones para realizar esta serie.
Razones para esta serie:
Me parece razonable que
el lector se pregunte acerca de la necesidad de desenterrar estas viejas y horripilantes
historias de nuestro pasado colonial. Definitivamente, no queda ya nadie en
vida de aquella época, ni tampoco ningún descendiente directo. ¿Qué diantres
aporta todo esto? ¿No será puro morbo macabro por parte del autor investigar
estas atrocidades? Sin embargo, se me ocurren diversos argumentos para defender
la necesidad y el interés de sacar a la luz (nuevamente) esta cuestión:
El argumento de la justicia:
Es innegable que
poca gente ha oído hablar de estas masacres y genocidios, y si hemos oído
hablar de ellos ha sido desde una perspectiva completamente retorcida e
insostenible. Pensemos por ejemplo en todas las grandes películas sobre el
ilustre pasado colonial británico. Tomemos por ejemplo «Zulú», donde los heroicos
soldados británicos sufrieron una de sus más terribles derrotas a manos de los
“salvajes”. O recordemos todas las películas sobre el paso Khyber, entre
Paquistán y Afganistán, que fue la frontera salvaje e indómita en la que
durante décadas lucharon los casacas rojas británicos. O lo que nos contaron en
el colegio sobre la «Rebelión de los Bóxers», en 1900 en China. En todas estas
instancias, la imagen que se nos ha vendido es la del glorioso aventurero europeo
que se enfrenta a las vicisitudes de un mundo hostil y desconocido en tierras
lejanas, y de su frustrante lucha por expandir la luz del progreso y la
civilización en países bárbaros y
atrasados. Yo recuerdo como especialmente insidiosa la clase que recibí en el
colegio sobre la «Rebelión de los Boxers», por ejemplo. Es cierto que aquel
profesor de Historia era de lo más incompetente que he visto en mi vida, pero
aún así, como ejemplo, es interesante. Este profesor nos contó cómo las
potencias europeas de la época intentaron “abrir” China al comercio
internacional para beneficio mutuo, y se encontraron con que los chinos
miserables y retrógrados no querían. Maliciosamente se organizaron y atacaron a
los pobres “comerciantes” europeos y los europeos se vieron obligados a
“restaurar la ley y el orden” con sus barcos de guerra y sus marines. Lo que
aquellos barcos de guerra hacían ahí en China nunca fue motivo de debate, como
tampoco se debatió quién tenía razón en aquel conflicto, ni si los europeos
tenían algún derecho a “abrir” al comercio a países que no lo quisieran. Y,
como digo, mucho es ya que en el colegio nos contaran algo siquiera de aquel
intento legítimo chino por defender su país y sus valores. Como ya he
mencionado antes, yo nunca llegué a oír ni hablar del Congo belga y su
exterminio de 15 millones de seres humanos.
Es de justicia
corregir este error de nuestra educación colectiva como sociedad poniendo de
manifiesto aquellas fechorías que cometieron nuestros antepasados en nombre de nuestros valores del “progreso” y la “civilización”. Igual que
rememoramos y ensalzamos los grandes logros de nuestros antepasados y nos
enorgullecemos de ellos aún hoy en día, me parece de justicia hacer lo propio
con las cosas negativas que hicieron esos mismos antepasados. ¿Qué derecho
tenemos de olvidar aquellas partes de la historia que no nos convienen o nos
incomodan? ¿Acaso hacer eso no constituye un revisionismo histórico deplorable? Con esta serie lo que pretendo
es recordar que no todo en nuestro pasado fue brillante, y que deberíamos
reflexionar sobre estos hechos para no repetirlos en el presente.
El argumento de la deuda:
El segundo
argumento es el argumento utilitarista. Es útil recordar que tenemos una deuda
histórica con los pueblos a los que hemos explotado, expoliado, maltratado,
torturado y masacrado. Yo al menos creo firmemente en ello. Hablando con
amistades y conocidos, me encuentro frecuentemente un hastío con este tema de
la deuda colonial. Es algo de lo que se habla, que está presente en la
conciencia colectiva, pero que la gente realmente no quiere aceptar. Parafraseando
a un amigo en una reciente conversación, dijo algo así como: «Sí, sí; si eso está muy bien, pero ¿por qué
tengo que dejar que venga un africano a mi país a quitarme el empleo? Ya
bastante mal lo tenemos nosotros con la crisis endémica que padecemos».
Bueno, pues yo le preguntaría: «¿Qué
derecho tenían tus antepasados de ir a África a esclavizar a su población,
esquilmar sus riquezas naturales, alterar sus organizaciones sociales y
políticas, y a sumirlos en el caos y la pobreza a perpetuidad?» Aquí es
donde la falta de conocimiento hace que la mayoría de las personas minimicen el
impacto real del colonialismo occidental en el resto del mundo. Es normal, si
nunca han oído hablar de Leopoldo II ni del Congo belga, no pueden saber que
allí se perpetró un holocausto. Nuevamente mi amigo: «Vale, muy bien, pero yo no soy mi tatara-tatarabuelo. ¿Qué culpa tengo
yo de lo que hiciera él?» Bueno, tal vez debería hablar con algún abogado
especializado en responsabilidad civil, que seguro que se lo puede explicar
mejor que yo: vivimos en un país en el que si un ladrón entra en mi casa, se
tropieza y se lastima, puede denunciarme y lograr que yo tenga que indemnizarle
por los daños y perjuicios sufridos mientras estaba en mi casa. ¿Qué
responsabilidad tengo yo sobre lo que hagan otros sin mi consentimiento ni mi
conocimiento? Pues la tengo. Y también tenemos una deuda histórica con los
países a los que hemos oprimido, tanto si nos gusta como si no. Y creo que
vendría bien una serie como esta para al menos contrastar lo que está en juego:
¿realmente pesa más tu derecho a no tener que competir por un empleo contra la
muerte de 15 millones de personas en el Congo? A veces la lejanía (aparente) de
estos sucesos y lo impersonales que son, nos hace olvidar la gravedad del
asunto que estamos tratando. A mí me gustaría que el lector reflexionase sobre
esta “deuda” y “responsabilidad” si la historia fuera más personal: «Un día nuestro padre sale de casa y visita
al vecino dos calles más abajo. En casa del vecino ve unas joyas muy valiosas e
intenta hacerse con ellas. En el forcejeo con la familia del vecino, nuestro
padre acaba matando al vecino y lastimando gravemente al resto de la familia,
pero logra darse a la fuga con la fortuna del vecino, ingresarla en la cuenta
bancaria de nuestra familia, y esconderse en un lugar desconocido. Nosotros
sabemos lo que ha ocurrido, pero lo ignoramos y vivimos felizmente con los
bienes de los que nos hemos apropiado. Cuando unos días más tarde se presenta
el hijo del vecino en nuestra puerta para reclamar que le devuelvan lo robado,
que entreguemos a nuestro padre a la justicia, y que pidamos disculpas a la
familia, le decimos eso de que “yo no soy mi padre” y le damos con la puerta en
las narices. Y seguimos viviendo tan tranquilamente de la riqueza que nuestro
padre le robó al vecino». Nadie en su sano juicio aceptaría esta conducta
como legítima, ni éticamente correcta, ni tan siquiera legal. Sin embargo,
cuando los migrantes africanos llegan a nuestras tierras huyendo del caos y la
pobreza que nuestros antepasados instauraron en sus países, los recibimos a
palos y los deportamos en caliente. ¿Cómo podemos ser tan hipócritas? Yo creo
que la única explicación posible es por desconocimiento, siguiendo el lema de
que «ojos que no ven, corazón que no siente». Espero que esta serie ayude a
abrir los ojos a la gente y con ello contribuya a que también se abran sus
corazones.
El argumento sociológico y antropológico
Hay un argumento
más que me parece significativo, y es el de que necesitamos conocer esta parte
oculta de nuestra historia para entendernos verdaderamente a nosotros mismos
también. Siempre me ha producido un repelús tremendo escuchar a la gente decir
que lo que ocurrió con el Holocausto judío durante la Segunda Guerra Mundial
fue porque Hitler y cuatro amigotes suyos estaban locos. Esta visión simplista
de la Historia no acaba de explicar muy bien por qué el maquinista del tren que
deportaba a los judíos a los campos de concentración en condiciones completamente
indignas e inhumanas no hizo nada para evitarlo. ¿Estaba loco él también? Y los
transeúntes en las estaciones de tren que veían cómo embarcaban a los judíos,
¿estaban todos locos también? Lo trágico del Holocausto judío es que todos los
alemanes, del primero al último, tienen parte de responsabilidad en el
genocidio, ya sea por acción o por omisión, y eso es lo verdaderamente importante que había que aprender de ese episodio tan oscuro de nuestra
historia: que no podemos ser ni neutrales ni equidistantes, que cuando se
comete un crimen delante de nuestros ojos, somos tan responsables como los
perpetradores si no hacemos nada por evitarlo. Lo escalofriante del Holocausto
judío es que todo un continente permitió y colaboró pasivamente en este
exterminio. Y eso ha tenido consecuencias profundas para nuestra historia
europea y para nuestra identidad como sociedad. ¿Cómo se explica que siempre se
haya tratado a la extrema derecha con mucha más consideración que a la extrema
izquierda? ¿Es casualidad que siempre queramos minimizar la participación colectiva
en el Holocausto judío? ¿No será más bien que somos conscientes de que todos
hemos sido un poco nazis y por eso
intentamos ignorar todo lo posible el tema no sea que al final alguien acabe
señalándonos a nosotros también?
Si este
planteamiento está fuese correcto, tampoco nos debería extrañar que nunca
hayamos oído ni hablar de los crímenes, masacres y genocidios de nuestro pasado
colonial. Todos los europeos (y los norteamericanos) nos hemos beneficiado a
costa de estos crímenes, y nos incomoda la idea de que quizá el día de mañana
alguien venga pidiéndonos cuentas. ¿Recuerda el lector la historieta que conté
más arriba? Pues eso.
Hasta aquí, el
tercer argumento parece el mismo que el segundo, pero el argumento va más allá.
La parte académicamente interesante es la de las consecuencias sociales que
esta actuación ha tenido en la sociedad. El que miente se convierte en un
mentiroso, y el que encubre un crimen se convierte en un criminal. ¿En qué se
convierte una sociedad que se erige sobre una montaña de huesos humanos y que
tiene las manos manchadas de sangre a más no poder? Este es un tema
antropológico y sociológico increíblemente interesante, y que espero poder
abordar también a lo largo de la serie de documentales sobre este tema del
colonialismo occidental.
Por ejemplo, y
esto ya lo mencionamos en la asignatura de DBGH, ¿hasta qué punto las teoríasraciales y las concepciones racistas de la sociedad del siglo XIX eran genuinas
y hasta qué punto eran una reacción visceral por intentar justificar lo
injustificable? Me explico: cualquiera que escuche un relato sobre una masacre
de un pueblo pacífico, se horrorizará y pedirá cuentas a los responsables. Sin
embargo, cuando todos nos estamos enriqueciendo gracias a esos crímenes y estos
son muy convenientes, es difícil ponerles freno. Pero ningún ser humano es
capaz de vivir en paz con sus propias contradicciones morales, la disonancia
cognitiva que eso genera es paralizante. ¿Qué alternativa nos queda? Bueno,
pues podemos inventarnos alguna historia, algún mito, que justifique los
crímenes que estamos cometiendo. Por ejemplo el mito raciológico. «No, es que esos seres de piel oscura a los
que estamos esclavizando en realidad no son humanos, son poco más que unos
simios calvos», sostienen los científicos de la época.
Estas teorías y
animosidades no son algo del pasado lejano. Están muy presentes aún hoy en día.
Creo que en EE.UU. se puede apreciar un buen ejemplo de esto en la
discriminación aun existente en contra de los afroamericanos. Recuerdo cuando
se inundó Nueva Orleans en el año 2005. Cuando en las noticias salía una
familia o un grupo de personas blancas entrando en una tienda a coger comida,
eran unas pobres víctimas intentando sobrevivir. Cuando la familia o el grupo
de personas eran negros, entonces eran vándalos y criminales, y la policía
abría fuego contra ellos desde helicópteros y tejados. ¿Cómo se explica esto si
no es a la luz de una oscura historia compartida? Primero, durante cientos de
años los esclavistas estadounidenses esclavizaron de manera terrible a los
afroamericanos, y se inventaron mitos acerca de la superioridad de la “raza”
blanca sobre la negra para justificarlo. Cuando finalmente se les obligó a
liberar a los esclavos, juraron vengarse de ellos, y hasta hoy en día existe de
facto una mentalidad de Apartheid
social contra los negros. No hay otra manera de explicarlo, la historia
necesariamente marca a las sociedades. Tener esclavos te convierte en
esclavista, y una sociedad que tolera la pena de muerte es una sociedad
asesina, al mismo nivel que otros hechos históricos marcan la psique colectiva
de las naciones. Hay quien dice que la pérdida de Cuba está en la base del
complejo de inferioridad social del pueblo español, por ejemplo. Y yo sostengo,
en base a mis propias experiencias, que la sociedad rusa está profundamente
alienada porque vive sobre los restos del auto-genocidio perpetrado por el
régimen comunista durante casi todo el siglo XX. En cambio Sudáfrica
–nuevamente en base a mis experiencias personales- parece no haber quedado
marcada por el Apartheid. ¿Qué
diferencia a Sudáfrica de Alemania, de EE.UU. o de Rusia? En mi opinión la gran
diferencia radica en que en Sudáfrica se hizo un proceso de transición muy
diferente. Los esclavistas sureños de EE.UU. fueron amnistiados. Los juicios de
Nüremberg apenas sí afectaron a un pequeño porcentaje de la sociedad alemana, y
sólo a aquellos que se habían visto envueltos de manera activa en crímenes
contra la humanidad. Incluso en la Alemania del Este se protegió y eximió a
muchos criminales debido a su utilidad para el nuevo régimen (la Stasi aprendió mucho de la Gestapo). En cuanto a Rusia, tras la
muerte de Stalin hubo una amnistía general y luego el régimen continuó con las
prácticas estalinistas de todos modos, y pobre del que hiciera preguntas o
demandara responsabilidades. La vergüenza nacional rusa es tan profunda, que
dudo que nunca se recuperen: es demasiado macabro y doloroso mirar a su pasado
y a sus Gulags como para poder redimirse de ello. Pero eso es justamente lo que
es necesario hacer. Es justo lo que hizo Sudáfrica. En Sudáfrica no hubo una
amnistía general sin más. Hubo una amnistía condicionada. Se la llamó la
«Comisión de la Verdad y de la Reconciliación», y consistía en que se
concedería el perdón (la amnistía) a todos aquellos victimarios que
reconocieran públicamente sus crímenes y abjuraran de ellos. Quien no lo
hiciera, o quien ocultara parte de sus crímenes podía ser legalmente perseguido
por ellos. Fue un proceso muy doloroso. Pero fue un proceso que permitió cerrar
las heridas en limpio. Permitió que la verdad se supiera, y la verdad los hizo
libres. Se honró a las víctimas conservando su memoria; se honró el pasado
común, aunque fuera doloroso e incómodo; y gracias a ello la sociedad no se
fracturó ni los vencedores se vengaron de los vencidos (como sí ocurrió, por
ejemplo, en Zimbabwe, donde todos los blancos fueron desposeídos de susbienes).
¿Necesita el
lector más pruebas de que la historia marca a las naciones? ¿Cómo fue la
transición del franquismo a la democracia en España? Se declaró una amnistía
general, se corrió un tupido velo, y más de cuarenta años después la sociedad
sigue fracturada y dividida en dos bandos. No se puede olvidar ni tapar el
pasado. Incluso el día en que el último contemporáneo de la época franquista
haya muerto, aún entonces España seguirá dividida. ¿Cómo es esto posible, si
llegado ese día no quedará con vida ninguna víctima ni ningún victimario? Ah,
pero la memoria colectiva no olvida. Como sociedad sabemos lo hipócrita que fue
la transición, donde cambiamos a una democracia de nombre pero no de fondo: el
cuerpo policial siguió contando con todos sus efectivos franquistas, el
ejército siguió siendo franquista, la judicatura al completo siguió siendo
franquista, y la mayoría de los políticos seguían siendo franquistas. ¿Qué nos
impide realmente dejar caer todo el franquismo, ya tan rancio y desfasado, y
pasar página? Pues nos lo impide la justicia histórica. No hemos honrado a
nuestros muertos, no hemos honrado nuestra historia. Somos una sociedad de
gañanes y de hipócritas porque ese ha sido, colectivamente, nuestra actitud con
respecto de nuestra historia. «Si te he
visto, no me acuerdo», y nos lavamos las manos. Pero la verdad está ahí
como el proverbial elefante rosa.
Lo mismo ocurre,
pues, con nuestro pasado colonial. Nunca podremos mirar en igualdad de
condiciones a nuestros hermanos árabes, africanos o americanos hasta que no
reconozcamos las sombras de nuestro pasado colonial opresor y esclavista. Hasta
que no reconozcamos el mal original que causamos, seguiremos condenados a
repetirlo y perpetuarlo. Los “moros” siempre serán ciudadanos de segunda,
porque osaron independizarse por las armas y nos ganaron. ¡O si no que se lo
digan a los islamófobos franceses (recuerden la guerra en Algeria en los años
1950)! Sólo cuando reconozcamos que no teníamos derecho a estar ocupando los
países árabes en primer lugar, podremos aceptar su lucha de independencia, y
haciéndolo encontrar un nuevo respeto hacia esos pueblos. El respeto que emana
de reconocerlos como a un igual.
Espero pues que esta
serie de documentales pueda ayudar a dar el primer paso en este largo proceso
de reconciliación. Primer paso que consiste en dar a conocer los crímenes que
los occidentales cometimos contra otros pueblos durante nuestra época colonial.
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