Reseña del libro «El no de las niñas – feminario antropológico» de Martha I. Moïa
Hablar del libro
de Martha I. Moïa no es sencillo. De tan sólo 192 páginas de extensión, sus
ideas están ya concentradas al máximo: se podrían escribir volúmenes enteros
desarrollando sus planteamientos acerca de la organización social de nuestros
ancestros prehistóricos. ¿Cómo pues hacer una reseña del mismo y serle fiel al
calado y la relevancia de las interpretaciones que nos aporta? No me siento a
la altura de las circunstancias, me temo. Cualquier reinterpretación resumida
que yo pueda hacer aquí será siempre un desmerecimiento a la obra original.
Máxime cuando yo leí el libro en francés, lengua extranjera para mí, y que
indudablemente hace que me pierda gran parte de la sutilidad lingüística que es
tan relevante en esta obra. Como sabemos ya todos desde que leímos «1984» de
George Orwell, las palabras son importantes. Si queremos describir una
realidad, necesitamos tener un vocabulario que lo describa. Donde no existen
palabras adecuadas, el ser humano pierde su capacidad de conceptualizar dicha
realidad. Martha I. Moïa dedica una porción importante de su ensayo a acuñar
nuevos términos para significar realidades que en la actualidad nos son
completamente desconocidas, pero que antaño (y en algunas poblaciones
tradicionales que aún subsisten) existieron. Indudablemente un librito muy
técnico, pero con la increíble capacidad de crear conciencia sobre nuevos
mundos que nosotros, los contemporáneos, directamente no somos capaces ni de
imaginar. Ni siquiera la gran Úrsula K. Le Guin, la autora de ciencia ficciónmás interesada en el estudio de las posibles relaciones sociales y de género,
llegó a concebir nunca una sociedad «matrilineal» como la describe Martha
I. Moïa. Al final nos vemos obligados, una vez más, a admitir que la realidad
supera a la ficción.
Construyendo sobre este
supuesto número de integrantes de una «banda», y teniendo en cuenta que para unos humanos
de modo de vida nómada y de caza y recolección la propiedad privada no tenía
ningún sentido práctico de aplicación, mi conclusión era que el modelo de la
familia nuclear tampoco tenía ningún sentido. La familia nuclear (progenitores
biológicos+descendientes) es un producto del neolítico y firmemente atado a la
propiedad privada. Hasta tal punto que los esposos llegaban a considerarse la
propiedad el uno del otro. Así, y haciendo hincapié en lo reducidas que eran estas «bandas» aventuré que probablemente la “unidad familiar” era toda la«banda» y que hasta cierto punto existiría un libre intercambio sexual entre los miembros y un ciudado comunal de los descendientes (favorecido por el hecho de no tener constancia de quiénes eran los padres biológicos de las criaturas).
La idea es bonita,
sencilla y elegante, y no se mete en discusiones de relaciones de poder y de
toma de decisiones dentro del grupo. Pero como todas las ideas sencillas,
probablemente es demasiado simplista. Y por supuesto yo no he estudiado a
poblaciones de cazadores-recolectores contemporáneos para verificar si este
modelo putativo es usado por alguna población real.
Martha I. Moïa sí ha
estudiado poblaciones tradicionales y ha reexaminado profundamente los relatos
etnográficos de los antropólogos que durante el siglo XIX y el siglo XX
convivieron con poblaciones tradicionales y publicaron sus interpretaciones de
sus costumbres y organizaciones sociales. Y la autora señala un punto esencial
que mi modelo imaginario no puede contemplar: ¿cómo se evita el incesto? El incesto no es un tabú meramente cultural,
es un problema biológico. Sin un control estricto de las relaciones
incestuosas, la endogamia se extiende rápidamente por una población,
debilitando su acervo genético al hacer aflorar los genes recesivos en
homocigosis. Sin un seguimiento estricto de quiénes son los progenitores de
cada niño, en 4 o 5 generaciones (estimo) una población podría dejar de ser
genéticamente viable y sufrir de una elevadísima tasa de esterilidad. Asumir
que nuestros antepasados no tomaron nota de algo tan importante y obvio es a la
vez un flagrante delito de paternalismo etnocéntrico y una grave falta de
observación: si estamos aquí hoy es porque nuestros antepasados supieron evitar
la endogamia.
¿Qué propone pues la
autora de este ensayo? Bueno, en primer lugar, propone evitar el reduccionismo
excesivo. La sexualidad humana es cualquier cosa menos natural y espontánea:
siempre ha estado rodeada de una fuerte reglamentación cultural de un tipo u
otro, y no fue diferente en las sociedades nómadas de nuestros ancestros. Como cualquier aspecto cultural humano, la
cultura es contingente, y cada sociedad humana pudo adoptar unas estructuras
organizativas diferentes. Pensar que hubo un único modelo “familiar” (o sea, de
unidad reproductiva) en el pasado es tan
reduccionista como pensar que la familia nuclear contemporánea es la
única unidad reproductiva en la actualidad.
Para esta reseña quiero
resaltar solamente el modelo alternativo más relevante de los varios que
propone Martha I. Moïa en su ensayo. Se trata del «gynegrupo»:
Como hemos constatado a
lo largo de la asignatura de DBGH, traer niños al mundo es un esfuerzo muy
grande para las madres: una inversión en energía y un riesgo enormes. Debido a
la dependencia extrema de los recién nacidos de sus madres, es inevitable que
para asegurar el éxito reproductivo humano sea necesario aunar el esfuerzo de
varias personas que contribuyan al mantenimiento de esos recién nacidos y sus
madres.
En nuestra sociedad
contemporánea consideramos que la «familia nuclear» es esa unidad que se hace
cargo de la crianza de sus propios descendientes biológicos. Esto tiene sentido
en el contexto de unas relaciones sexuales monógamas (sobre el papel) y
privativas, pero serían muy difíciles de aplicar en el contexto de una sociedad
nómada donde no necesariamente existen uniones de “pareja” estables ni
posibilidad de verificar la paternidad biológica. Tampoco parece un sistema muy
adecuado a unas poblaciones con elevado riesgo de mortalidad en todos los
ámbitos de la vida, y muy especialmente entre los varones (durante la caza y la
guerra). ¿Qué alternativa tenemos?
La primera y más obvia es
la relación «matrilineal» y del «gynegrupo». Igual que las abuelas en nuestra
sociedad contemporánea juegan un papel importante en la crianza de sus nietas,
esta relación también se dio sin lugar a dudas en el pasado distante. Con la
ventaja adicional de que el comienzo temprano de la reproducción hacia los 12
años de edad implicaba que fácilmente convivían siempre 3 o incluso 4 generaciones
de una misma línea materna: bisabuela, abuela, madre, y descendientes. La
colaboración estrecha (en tanto que «unidad reproductiva») de esta asociación
de descendencia es lo que entiendo que Martha I. Moïa llama la «organización
matrilineal». Sin embargo, a la relación «matrilineal» vertical hay que
superponerle la relación horizontal de parentesco, el «gynegrupo». En nuestra
época es común tener muy pocos descendientes, pero en el pasado distante lo
habitual es que cada nueva generación trajera alrededor de 10 descendientes al
mundo a lo largo de su vida reproductiva. Eso significa que dentro de una misma
unidad «matrilineal» directa, tenemos muchas otras mujeres estrechamente
emparentadas y que forman parte del la misma unidad familiar o reproductiva:
tías-abuelas, tías, hermanas, hijas mayores, etc. Todas ellas genéticamente
emparentadas, todas ellas nacidas y crecidas en el seno de una misma unidad
funcional, y sobre todo: todas ellas con un mismo interés por la crianza de los
hijos y por asegurar el porvenir del linaje.
Hasta aquí, esta
estructura familiar alternativa explica el funcionamiento del grupo y los
apoyos internos en la crianza de los niños más pequeños. Pero la conformación
de «gynegrupos» y casas «matrilineales» también ofrece una base funcional para
evitar la endogamia. Una base relativamente simple y sobre la cual se pueden
refinar y complicar mucho los tabúes reproductivos, pero que desde su base más
simple ya funciona: las parejas sexuales tienen que buscarse fuera del
«gynegrupo». Los varones, aunque muchas veces no viven en el seno (o en la
casa) del «gynegrupo», están afiliados a aquel «gynegrupo» del que proceden, en
el seno del cual nacieron. Para ellos serán tabú sexual todas las mujeres que
forman parte de ese «gynegrupo», puesto que son abuelas, tías, hermanas o
sobrinas. Los grados de complicación sobre este sistema, según la autora,
vienen dados de la existencia de sistemas rotativos entre tríadas de
«gynegrupos»: sistemas que se han verificado en algunas sociedades tradicionales
que subsisten todavía hasta nuestros días y que parecen tener raíces muy
antiguas.
¿Y qué pasa con los
hombres? ¿No participan en la crianza y educación de los niños? Por supuesto
que sí. Para el desarrollo educativo de todo niño o niña es importante tener un
referente masculino, un “padre”, igual que es relevante tener una “madre”. Lo
que pasa es que en este modelo ancestral de sociedad no parece particularmente
práctico o útil que el padre biológico de un descendiente se haga cargo de él,
cuando hemos dicho que existe un elevado grado de “promiscuidad” y la norma es
que una mujer dada tenga hijos con diferentes padres. ¿Qué varón habría que
hacerse cargo de qué hijo, si además no existe garantía de paternidad posible?
Y más aún, un tema de rabiosa actualidad: ¿por qué un varón debería colaborar
con una mujer con la cual no tiene ningún vínculo de parentesco? Digo que es un
tema de rabiosa actualidad porque a diario vemos separaciones y divorcios que
acaban con los ex-cónyuges irreconciliablemente enfrentados. A fin de cuentas,
¿por qué habrían de estar unidos o respetarse? Desde un punto de vista
biológico, son perfectos desconocidos sin relación de parentesco ninguna. Esta
falta de vinculación puede explicar tal vez también la violencia doméstica que es
tan frecuente en nuestra sociedad. ¿Hay alguna alternativa?
Quizá esta sea la parte
del libro que más me ha gustado por ser la que más me ha sorprendido. Por su
elegancia, por su lógica, pero también porque no es una elucubración de la
autora, sino un hecho que se da, al menos, en algunas poblaciones
contemporáneas. La clave, parece ser,
son los hermanos.
Veámoslo: hemos dicho que
en el contexto de una sociedad nómada cazadora y recolectora, la unidad nuclear
de un hombre y una mujer progenitores cuidando de una descendencia común no es
práctica. Primero porque el varón no tiene garantía de vínculo con los hijos
nacidos de la mujer. Segundo porque esta pareja no tiene vinculación directa y
en el fondo son perfectos extraños el uno para el otro. Y en tercer lugar por
el reparto de tareas entre hombres y mujeres típico de esas sociedades que hace
que de todos modos no vayan a pasar mucho tiempo juntos. ¿Quién podría realizar
el rol de padre si no? El «hermano adélfico».
Parece ser que hay
algunas sociedades tradicionales en las que el núcleo familiar es
principalmente el «gynegrupo», como ya hemos visto. Pero dentro de ese
«gynegrupo» (en el que también hay varones), el rol de padre corresponde al tío
biológico. Es decir, cuando una mujer tiene hijos, el hermano de dicha mujer
hará de “padre” para sus hijos. Genéticamente ese varón es el tío de los niños,
pero socialmente hará el rol de padre. Veamos las ventajas:
-El varón que hace de padre está emparentado con la madre de los niños: es su hermano. Comparten el 50% de los genes, que es lo máximo que 2 seres humanos pueden compartir (estadísticamente hablando). Tiene todo el sentido del mundo que un hermano apoye a su hermana en todo lo posible.
-El dicho varón también está emparentado con los hijos de su hermana. Comparte con ellos el 25% de los genes. Eso es menos de lo que comparte el padre biológico de dichos niños (50%) pero tiene la ventaja de que ese 25% de parentesco genético está asegurado. Todos los hijos de su hermana, al margen de quién sea el padre biológico de los niños, comparten un 25% de sus genes con este varón, que es su tío. Esto es muy importante porque el gran debate en las «familias nucleares» es que el varón nunca tiene la seguridad de ser el padre biológico de todos los hijos de su mujer (la infidelidad existe). Entonces acabaría criando niños con los que comparte 0% de sus genes, y colaborando con una mujer con la que comparte igualmente el 0% de sus genes.
-Finalmente, desde el punto de vista social, que una pareja de hermanos críen conjuntamente los hijos de la mujer tiene otra ventaja adicional, más allá del grado de parentesco genético: se han criado juntos. Dos hermanos nacidos de la misma madre no sólo comparten genes, sino que además comparten una crianza conjunta, un «gynegrupo» común, una relación «matrilineal» común, y se conocen desde que nacieron. El vínculo social y emocional entre hermanos en estas sociedades necesariamente será más fuerte y más estable en el tiempo, ya que no depende ni guarda relación con la sexualidad ni la atracción física. Es más, se previene también cualquier posibilidad de incesto ya que como hemos dicho antes los miembros de su «gynegrupo» son tabú sexual para dicho varón. No hay riesgo de abusos sexuales hacia los sobrinos ya que pertenecen al mismo «gynegrupo».
***
Quién desee profundizar más en las propuestas de Martha I. Moïa, le recomiendo encarecidamente que lea este libro directamente para una explicación más concienzuda del funcionamiento de las sociedades basadas en el «gynegrupo» y la «matrilinealidad». También son muy interesantes los indicios que aporta la autora de cómo y por qué se pudo perder este sistema de organización social a lo largo del tiempo con la neolitización y la sedentarización. Aunque para el paso final hacia el sistema patriarcal occidental que conocemos, recomiendo especialmente la obra de Gerda Lerner sobre el tema: «La creación del patriarcado».
Sin más que añadir, con esta
reseña doy por acabada y completada mi investigación sobre la sexualidad humana.
Espero que haya sido tan instructivo y revelador acompañarme en este camino como
lo ha sido para mí recorrerlo.
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