Reseña del libro "Los exploradores españoles del siglo XVI" (Charles F. Lummis, 1893)
Una cosa es hablar sobre estas erradas interpretaciones del pasado, y otra muy distinta es encontrar un ejemplo de primera mano con el que poder ilustrar este debate. Con la reseña de hoy no quiero entrar a valorar realmente el libro de Charles Lummis (que a mi entender no aporta ningún relato serio sobre la historia de la conquista del continente americano por parte de los europeos), sino poner de manifiesto su manera de describir estos hechos, de moldearlos según los valores morales de su época, y por tanto de su contribución a conformar la manera de pensar de las generaciones siguientes que leyeran su libro.
Estos son solo dos pasajes en los que se junta un número particularmente grande de epítetos (des)calificativos, y que sirven para ilustrar la tónica del libro. En la mente del autor, los indios son claramente "otra cosa", una "raza" bien diferenciada de la "nuestra" (de los europeos blancos), y esencialmente irreconciliable.
Todo lo que se relaciona con los indios, nativos, u aborígenes es bárbaro, tosco, grotesco, horrendo, realizado al tuntún, traicionero, vengativo, blasfemo, pagano y hereje. Palabras todas del autor, y frecuentísimamente repetidas.
Siendo justos con Charles Lummis, es loable ver que también aplique alguna clara censura a las acciones de algunos conquistadores, considerando, por ejemplo, que la pena de muerte en la hoguera es algo terrible y reprobable. Pero siempre se apresura a justificar y contextualizar cualquier desmán de los europeos, cosa que para los indios no aplica:
pgs. 244-245 "[...] Cuando Pizarro se hubo reunido con Almagro, hizo procesar a Chalicuchima; y habiéndosele hallado convicto de delito de traición, fué ejecutado sin demora. No podemos menos de horrorizarnos ante el procedimiento empleado para su ejecución, que fúe la hoguera; pero no debemos por eso precipitarnos en juzgar como cruel al individuo responsable de tal pena. Todos aquellos actos deben medirse por comparación y por el espíritu que reinaba en aquella época. Entonces no consideraba el mundo como una crueldad el suplicio de la hoguera, y más de un siglo después, cuando estaba la gente mucho más ilustrada, los cristianos de la Gran Bretaña, de Francia y de la Nueva Inglaterra no pusieron reparo en que se castigase algunos delitos con ese suplicio, y seguramente no diremos que nuestros purtanos antepasados fuesen hombres malvados o crueles. Ahorcaron brujas y azotaron herejes, no por crueldad, sino por la ciega superstición de su tiempo. Ahora nos parece una cosa horrenda; pero entonces no lo parecía, y no debemos esperar que Pizarro fuese mejor y más sabio que los hombres que tenían ventajas que él nunca habñia tenido. Yo ciertamente preferiría que no hubiese permitido que Chalicuchima pereciese en la hoguera; pero tambiñen quisiera que las repugnantes páginas de Salem y de la esclavitud pudiesen borrarse de nuestra historia. Ni en un caso ni en el otro, sin embargo, tildaría yo a Pizarro de monstruo, ni a los puritanos de hombres crueles. [...]"
Es destacable que cuando procede describir alguna acción censurable a manos de los españoles, el autor siempre se toma la molestia de puntualizar y contextualizar la actuación, haciendo hincapié en que tales actos eran cometidos por personas individuales, mal informadas, ignorantes o descarriadas, pero que nunca sus acciones representaban o reflejaban el común de su sociedad. Esa sociedad española siempre se guía, según el autor, por los "más altos principios humanitarios y morales".
Por su parte, cualquier acción de los "salvajes" es achacada a su "naturaleza", al modo propio de ser "de los indios", y no se le concede distinción alguna a los actos de los individuos frente al de toda su sociedad. Algunos extractos al caso:
[...] Un indio nunca baila por diversión, y a menudo sus bailes tienen más grave intento que el de divertir a otros. [...] pg. 58
"Él confesó -con una de esas bravatas características de los indios, cuya costumbre tradicional es demostrar su valor ofendiendo al que los hace prisioneros- que [...]" (pg. 228)
"[...] trabajaron con empeño para convertir a Atahualpa al cristinanismo, explicándole [...] el amor y bondad del verdadero Dios en cuanto les era posible hacérselo entender a un indio, para quien naturalmente un dios cristiano era incomprensible." (pg. 229)
"[...] [Pizarro] Sabía muy bien que no estaría seguro dejando libre a Atahualpa, antes de tener una fuerza mayor para resistir el ataque que sin duda este cacique organizaría en el acto. Conocía el carácter vengativo de los indios algo mejor que algunos historiadores de biblioteca." (pg. 235)
Para acabar redondeando las reflexiones sobre la relación entre las palabras y las ideas, me ha llamado también la atención el número de veces que se menciona la "virilidad" de los españoles en este libro. Todo lo que hacen es "viril" y todo lo hacen "virilmente". Ni juntando todas las menciones a la "virilidad" de todos los libros que he leído en los últimos 10 años llegaríamos a acercarnos al número de veces que aparece en este único libro. La virilidad, en el siglo XXI, parece haber perdido relevancia. Sin embargo para Charles Lummis, la virilidad es algo importantísimo y bueno, de lo contrario no se explica su insistencia en el uso de este término:
[...] Ahora y entonces hubo errores y crímenes individuales; pero el gran principio de cordura y humanidad señala en conjunto el amplio camino de España, un camino que atrae la admiración de todo hombre varonil." (pg. 17)
[...] Bastaría recordar aquellas admirables cartas del padre Salvatierra al padre Ugarte, ejemplo conmovedor de serenidad ante la muerte y de persistencia varonil en la misión emprendida [...] (pg. 29)
[...] Fernando Magallanes, nació en Portugal el año de 1470; y al llegar a su viril edad adoptó la vida de marino [...] (pg. 86)
La situación de Alvarado era tan desesperada como la de Horacio Cocles, y con el mismo varonil denuedo supo colocarse a su altura. [...] (pg. 167)
[...] La historia científica moderna ha demostrado plenamente cuán disparatada y errónea es la idea de que los españoles tan sólo buscaban oro, y nos enseña de qué manera tan varonil satisfacían las necesidades del cuerpo y del espíritu. [...] (pg. 175)
[...] [Pizarro] No había aprendido a leer nia escribir y, la verdad sea dicha, eso nunca llegó a aprenderlo; pero es evidente que había aprendido cosas más importantes, y había desarrollado una virilidad que podía servirle para hacer frente a cualquier contingencia. [...] (pg. 191)
[...] De pie ante el arrogante Carlos V, el analfabeto soldado contó su historia con tanta modestia, de un modo tan varonil y con tal claridad, que el emperador derramó lágrimas al oír el relato de tan horribles sufrimientos y se entusiasmó ante tan heroica entereza. [...] (pg. 207)
[...] Pizarro sintió anhelo de visitar los lugares en que transcurriera su niñez. Aun cuando ésta fuera infelicísima, sentía una varonil satisfacción en volver a contemplar aquellos lugares. [...] (pg. 211)
[...] Juan era una figura simpática, y se distinguió por su carácter varonil y su valor; murió prematuramente. [...] (pg. 212)
[...] Y, sin embargo, en esta crisis el jefe español mostró una varonil renuencia aun a parecer traicionero. [...] (pg. 241)
Conclusiones:
Las palabras son poderosas, y espero haber contribuido a reforzar la idea de que hay que cuidar la manera en que hablamos y nos expresamos. Vivimos en una sociedad que actualmente pasa por una profunda crisis de comunicación, y donde la "libertad de expresión" se confunde y desdibuja, abriendo camino a nuevos pensamientos totalitaristas y excluyentes. Como sociedad, esta falta de rigor y esta permisividad nos causará un daño irreversible y muy profundo, y es posible que muchas generaciones venideras tengan que lidiar -y sufrir- con las consecuencias de las semillas del odio y la desinformación que estamos plantando justo ahora.
Me gustaría finalizar esta reseña recordando la magnífica película de "Hotel Rwanda" (2004), pues considero que esta película ilustra muy bien cómo el discurso del odio puede acabar llevando a toda una sociedad a una guerra civil genocida y profundamente desgarradora. Debemos recordarnos que la "libertad de expresión", igual que cualquier otro derecho individual, tiene unos límites que debemos respetar. Y espero que los ejemplos citados de Charles Lummis nos ayuden a contextualizar el racismo intrínseco que permeó el pensamiento del siglo XX, y cómo llegó a crearse tal pensamiento a través de la elección de palabras y los juicios de valor vertidos por los pensadores de la época.



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