jueves, 19 de marzo de 2026

Bibliografía - Los enemigos del comercio (Antonio Escohotado)

 


Tratar de resumir o comentar un libro de 550 páginas, que a su vez describe y comenta 2300 años de historia occidental (del 4 A.C. a 1800 D.C.) no es una tarea sencilla. Tampoco es este el lugar para una crítica literaria al uso. Como siempre, lo que nos interesa es comentar aquellas obras que guardan relación con la historia (evolutiva) del ser humano, la cual no cesó al empezar la Historia registrada de occidente, ni dejó de influir en ella.

Homo sapiens, como especie, es un ser social. Esto no es un atributo o una actividad del ser humano, sino su forma de ser. Parte de su esencia e identidad, lo que podríamos considerar "lo natural" y por tanto "lo normal" en el ser humano. Es por tanto necesario estudiar cómo funcionan esas interacciones entre humanos individuales, y entre colectivos humanos, para entender cómo somos, cómo funcionamos. La esperanza de todas las ciencias es la de que estudiando las interacciones individuales (los hechos) podemos acabar extrayendo unos principios generales (inferencias), los cuales nos ayudarán a predecir exitosamente futuras interacciones.

Probablemente no nos inclinaríamos a pensar que la economía y los sistemas económicos sean una parte fundamental del comportamiento humano. Es probable que nos decantemos por la interpretación de que la economía es un producto, una propiedad emergente, de la acción civilizatoria, y de los sistemas políticos (igualmente artificiales, o no "naturales") en los que hemos decidido vivir.
Yo, sin embargo, me atrevería a replantearnos esta cuestión. La economía viene a estudiar la manera en la que extraemos recursos del medio y los repartimos dentro de la población. Pero estos "recursos", para ser tales, guardan una relación directa con nuestra biología. Nuestras actividades no son arbitrarias, se centran en posibilitar y facilitar nuestra supervivencia:

-Construimos "edificaciones" porque nos resguardan de las inclemencias del tiempo, reducen nuestra exposición a los elementos, y por tanto aumentan nuestras posibilidades de supervivencia.
-Buscamos alimentos, los cazamos o los cultivamos, para asegurar la disponibilidad de alimento e independizarnos de los ciclos de abundancia y carestía del medio, facilitando nuevamente nuestra supervivencia.
-También la vestimenta se fundamenta, en primera instancia, en nuestra necesidad de sobrevivir en medios demasiado fríos para nuestra piel desnuda, y sólo posteriormente adquiere refinamientos y significaciones adicionales.
-Finalmente, cuando llegamos al análisis de los "lujos" y las "artes", que a priori no parecerían guardar relación con nuestra supervivencia, aún así podemos encontrar relación con fundamentos biológicos de nuestra especie: por ejemplo en el éxito reproductivo. A fin de cuentas, los individuos más importantes de la sociedad tienen las mejores posibilidades de mantener una descendencia abundante y favorecer su supervivencia hasta la edad adulta. Y en nuestra especie hacemos uso de ciertas materias y elaboraciones para comunicar nuestro estatus elevado dentro de la sociedad. Ahí donde el macho del pavo real desarrolla un plumaje ostentoso para dar a conocer su virilidad y capacidad reproductiva, la especie humana hace uso de embellecimientos externos (prendas, joyas). Y donde los machos de otras aves construyen elaborados nidos, los humanos invertimos esfuerzo y recurso en grandes construcciones, jardines y paisajes con el mismo fin.

El libro de Antonio Escohotado me ha parecido sumamente interesante debido a que nos presenta una narrativa histórica sobre los sistemas que ha desarrollado, ensayado y probado el ser humano en occidente, y sobre los resultados han arrojado dichos sistemas en comparación con lo que se pretendía obtener. La atención al detalle y la claridad con la que aborda este proyecto hacen que automáticamente valga la pena leer este libro.
En la actual coyuntura, en la que el modelo (neo)capitalista "tardío" está empezando a tambalearse, y las personas intentan imaginar nuevos modelos de extracción y reparto de recursos (como por ejemplo el "decrecimiento"), resulta una obra muy conveniente, pues nos explica qué sistemas fracasaron ya en el pasado y no merece la pena repetir. Es más, el libro nos explica no sólo por qué no funcionaron en aquel entonces, sino por qué están condenados a fracasar siempre, independientemente del contexto social o histórico.

La narración presentada por Antonio Escohotado es estrictamente histórica y económica. El autor no entra a valorar los aspectos éticos o morales de los diferentes sistemas socioeconómicos que describe, y se limita a constatar los resultados que produjeron. Indirectamente esto también enjuicia los diferentes sistemas, por cuanto serán buenos si "funcionan", y malos si sus resultados son peores que los males que pretendían eliminar.
Personalmente esta aproximación que hace el autor me parece correcta y necesaria. Necesaria, porque entrar a comprender los fundamentos filosóficos o teológicos de los sistemas económicos reventaría cualquier marco razonable para un libro de estas características. Para cada modelo socioeconómico se han escrito decenas y centenares de volúmenes teológicos, morales, filosóficos y sociales para justificarlos. Dar un resumen de los mismos no les haría justicia, y además desviaría la atención de lo que realmente se prentende: un análisis de los resultados. Para los interesados en filosofía (como yo mismo), puede ser fascinante explorar los entresijos filosóficos y teológicos del pobrismo. Pero en un libro sobre historia de la economía no nos aportan nada a la hora de explicar por qué el pobrismo provoca hambrunas en vez de crecimiento económico.
Por otra parte, la aproximación me parece correcta por otra razón más: al presentar cientificamente los hechos y los resultados, permite a los lectores formarse su propia opinión. Es más, como relato histórico, tiene el potencial de permitir a personas de diferente ideología debatir sobre un marco común de "hechos" históricos. O dicho de otro modo: el abordaje realizado por el autor permite que estos hechos sean aceptables para todo lector, independientemente de su ideología política o económica. Esto a día de hoy es fundamental, pues es cada vez más difícil encontrar un terreno común sobre el que debatir. Cada ideología tiende a interpretar y filtrar la historia según su conveniencia para apoyar su propia tesis y desacreditar las tesis de otro signo.

Con todo, creo que la antropología y la historia evolutiva humana tiene mucho que aportar a este debate, y sería ciertamente interesante tener un libro paralelo que comente e interprete el análisis histórico de Escohotado desde este enfoque evolutivo. En parte, el propósito de la presente reflexión es la de apuntar la dirección de esas explicaciones.

Como he comentado al comienzo, creo que es recomendable entender la economía como los sistemas de los que nos hemos dotado los humanos para facilitar (o no) la obtención y el reparto de los recursos del medio. Y la premisa biológica para estos sistemas será siempre el hecho de que los seres humanos necesitan recursos tanto para poder vivir como para poder reproducirse. Pocos fundamentos hay que sean más básicos y fundamentales que la supervivencia y la reproducción. Ambos anteceden con mucho a los seres humanos, y son la base misma de la vida. No veo necesario ahondar más en este primer fundamento, que doy por evidente.

También hemos comentado ya el segundo hecho biológico: somos una especie social, colectiva. Esto no es así para todas las especies, ni siquiera entre primates. Los orangutanes viven en solitario la mayor parte de su existencia, no forman colectivos ni jerarquías, e incluso su estrategia reproductiva reduce las interacciones entre individuos de la especie a una expresión mínima. Entre los orangutanes parecería que la única relación entre individuos que se prolonga en el tiempo es la de las crías y su madre, en el dilatado proceso que media desde que nacen hasta que son autosuficientes.
Por razones evolutivas que no entraré a repetir aquí, Homo sapiens es una especie social y vive en colectividad. Los individuos aislados tienen una muy reducida capacidad de supervivencia y reproducción, y por tanto la estrategia evolutiva que ha funcionado en nuestra especie es la de cooperar. Se requieren muchos individuos para cultivar un volumen suficiente de alimento para sobrevivir. Un individuo probablemente no tendría tiempo suficiente para autoabastecerse mediante el cultivo. Requerimos, por tanto, economías de escala. Y desde el momento que esa cooperación no está genéticamente fijada, sino que es adaptable y moldeable, aparecen todo tipo de modelos posibles de sustento, de reparto y de explotación del medio. Nace la sociedad, y la sociología como estudio de las interacciones sociales. Nace la política, y el estudio de las jerarquías sociales. Y nace la economía también, que estudia específicamente los modos de obtención y reparto de recursos.

Desde el momento en el que los recursos no están inmediatamente disponibles en el medio natural y requieren ser recolectados, cazados y procesados, los individuos (de toda especie) tienen que invertir energía corporal (calorías) y tiempo para dicha recolecta/caza y procesamiento. La energía es un recurso finito (de hecho, la necesidad de mantener nuestra balanza calórica es la que inicia todo el proceso de alimentación), pero también lo es el tiempo. Tenemos un cierto tiempo interno (lo que tardamos en gastar la energía que tenemos), y ciertos tiempos externos (las horas de luz, los meses de calor, etc.), y por tanto tenemos que organizarnos tanto a nivel individual como a nivel colectivo para conseguir asegurar los recursos que necesitamos para poder sobrevivir como individuos, y para reproducirnos (que no es otra cosa que sobrevivir como especie).

Para explicar los sistemas económicos y sociales es necesario explicar otra característica típicamente humana: la codicia. Antonio Escohotado no aborda en absoluto la cuestión de definir este impulso humano, a pesar de que es un tema recurrente a lo largo de su narración y de las filosofías humanas que describe en el libro. Y, desde mi punto de vista, interpretar correctamente la codicia como "impulso humano", como "instinto" y como patrón conductual fundamental de nuestra especie, explicaría muchas cosas sobre las visicitudes de nuestra Historia.

De la narrativa de Escohotado podría inferirse que en numerosos momentos históricos los humanos han interpretado la codicia como una característica accesoria y negativa humana. Una suerte de desviación maligna, que al ser accesoria puede (y debe) ser erradicada. Y si algo demuestra la narrativa de "los enemigos del comercio" es que este intento de suprimir, refrenar o eliminar la codicia ha fracasado siempre. Sin falta.

Científicamente hablando, para poder pasar de la mera constatación de un patrón ("suprimir la codicia no funciona") a inferir una pauta necesaria ("no es posible suprimir la codicia"), necesitamos postular una explicación de lo que es dicha "codicia". Sin una clara concepción de este principio, no podemos hacer pronósticos efectivos sobre su funcionamiento. Y aquí la biología, en mi opinión, puede darnos una solución satisfactoria. Lo expongo:

Hemos constatado hasta ahora que los seres vivientes necesitan recursos del medio para sobrevivir y perpetuarse. El siguiente paso que podemos constatar empíricamente es que cuantos más recursos tengamos a nuestra disposición, mayores probabilidades de supervivencia y perpetuación tenemos. Desde el prisma de la evolución de las especies biológicas lo único razonable (lo único adaptativo) es esforzarse por maximizar los recursos que se extraen del medio. Precisamente debido al hecho de que no existe ninguna cuantía de recursos que "garantice" la supervivencia y la reproducción, no existe incentivo evolutivo para cejar o refrenar el empeño de obtener más recursos. Siempre será así que los individuos que tienen un poco más recursos que sus congéneres tendrán también más probabilidades de sobrevivir. Y las probabilidades estadísticas, desplegadas durante millones de años de evolución, llevan a la certeza de que el impulso codicioso ("el gen egoísta", por hacer una analogía) se mantiene y se expande en la población, y cualquier posible impulso hacia la conformidad o la ociosidad acabe siendo eliminado.

Los impulsos humanos, o "instintos", no se pueden eliminar. Son parte consustancial de lo que somos. Si los humanos no fuesemos "codiciosos", si no quisiesemos maximizar nuestras posibilidades de supervivencia, no habríamos sobrevivido como especie. No estaríamos aquí. 
Por supuesto que podemos "reprimir" o "domar" los instintos, o intentamos hacerlo, pero por más que los demonicemos y tildemos de "inmorales", siempre estarán con nosotros. La cuestión entonces es cómo los domesticamos, y si hace falta domesticarlos o no.

Esto último debería ser evidente: si vivimos en un medio limitado, con disponibilidad limitada de tiempo y energía para obtener recursos, los cuales a su vez también son limitados (por cuanto el mundo es finito), es inevitable que nunca podremos satisfacer un instinto que es ilimitado. Aunque queramos, no podemos obtener infinitos recursos en un mundo finito. Y llega el momento donde el instinto choca con la realidad. La fuerza irresistible choca contra el objeto inamovible.

Probablemente nos bastaría con este principio sobre el "instinto de la codicia" para formular ya un modelo económico y social bastante comprehensible. En especies no sociales estos modelos no tienen mayor complejidad: los individuos conseguirán todos los recursos que puedan obtener en función de la disponibilidad del medio y su habilidad para extraerlos. Por otra parte, en especies sociales como la humana, aparecen automáticamente una serie de dilemas, siempre los mismos, y que llevamos toda la historia de la humanidad intentando resolver: ¿cómo nos organizamos de manera más eficiente para extraer los recursos del medio, y cómo repartimos los recursos que hemos obtenido conjuntamente?

Sin embargo, nos falta algo para explicar y predecir todo el abanico de experimentos sociales que hemos desarrollado los humanos. Muy particularmente, y a ello se dedica en gran medida Antonio Escohotado, no podemos explicar ni el pobrismo ni el comunismo basándonos sólo en el instinto de la codicia.
Por ejemplo, los cánidos (como el lobo), son animales sociales y cooperativos de elevada inteligencia. Como cualquier animal, tienen un "instinto de la codicia", pues a todo individuo le sería beneficioso disponer de más recursos. Pero entre los lobos existe una jerarquía "natural", igualmente instintiva, que como especie no se cuestiona. El líder de la manada es el primero en comer y come hasta saciarse, y si eso significa que el más débil de la manada se queda sin nada, que así sea. Por supuesto que existen luchas internas para establecer esta jerarquía, pero esas luchas no están motivadas por el hambre. El individuo que se queda sin comer no desafiará al líder de la manada porque tenga hambre o porque quiera más recursos, cosa que los humanos, en cambio, sí hacemos.

Mi punto de vista es que, junto con el "instinto de la codicia", también se desarrolló el "instinto de la justicia" en el linaje humano. Este "instinto" no necesariamente es exclusivo de los humanos, y es probable que otros animales sociales lo tengan: especialmente entre los primates (es decir, es un instinto que puede anteceder a nuestra propia especie).
Los instintos difícilmente se pueden racionalizar o cuantificar, pues se expresan en forma de sentimientos y emociones, los cuales anteceden su racionalización. No podemos por tanto exponer qué es lo justo, desde el punto de vista de nuestro (propuesto) "instinto de la justicia". Más bien, lo que podemos comprobar es que espontáneamente sentimos emociones negativas de aversión y agresión cuando vemos o sufrimos "injusticias".

Probar la existencia de este instinto va más allá de las posibilidades de esta reflexión literaria, aunque tenemos muchos indicios. Lo vemos entre algunos simios, que parecen exhibir ya algunos rudimentos de intercambio económico (como el intercambio de comida por sexo) que se basan en alguna noción instintiva de valoración (y justicia) de las prestaciones y contraprestaciones. Pero sobre todo vemos que estos simios reaccionan con extrema violencia cuando perciben que en una interacción "comercial" han salido perjudicados ("estafados") por terceros.
O lo vemos muy notoriamente también en los niños de nuestra propia especie, que parecen tener un sentido innato de la justicia. Les gusta jugar siguiendo "reglas", y reaccionan muy violentamente frente a cualquiera que viole las reglas establecidas. "¡Eso es trampa! ¡Ha hecho trampa!" es quizá el grito de guerra más común en la infancia. Y no es una acusación baladí: los niños están dispuestos a pegarse en nombre de lo que consideran que es justo, y defenderán a los suyos de las injusticias de terceros.

Estableciendo estos dos criterios biológicos, consustanciales al ser humano, me parece mucho más comprensible el desarrollo histórico descrito en "los enemigos del comercio", pues podemos ver en acción dos potentes fuerzas naturales en nuestra sociedad. El impulso constante al enriquecimiento personal, y la reacción igualmente virulenta frente a las injusticias que este enriquecimiento provoca. 

Creo que nadie negaría la existencia del instinto de la codicia, ya que lo vemos a diario. Sin embargo, no fue hasta el siglo XVIII, con Adam Smith, que empezó a racionalizarse su utilidad, sosteniendo la idea de que, como sociedad, nos va mejor dejando espacio a la codicia incluso aunque conlleve ciertos niveles de inequidad.
Por el contrario, durante cientos de años hemos preferido vivir todos en la miseria, mientras ello asegurase (al menos teóricamente) que imperaría la justicia en forma de igualitarismo. Curiosamente, a pesar de este hecho histórico, la noción de un "instinto de la justicia" no es para nada común en nuestra sociedad, y son pocos los que se atreven a reconocer su fuerza. 


Ha sido un largo recorrido hasta aquí, tanto en lo que se refiere a leer las 550 páginas de "los enemigos del comercio" como en lo referente a exponer mi tesis de los fundamentos instintivos de la economía. Tenemos que preguntarnos entonces, ¿qué aportan estos conceptos biológicos en contraposición a ignorarlos?
De la lectura de Antonio Escohotado podría concluirse que existe un sistema correcto (bueno) y uno malo: el comercio es bueno, oponerse es malo. El comercio crea riqueza, su destrucción crea miseria. De su exposición se concluye, de manera contundente, que el pobrismo y el comunismo son graves errores históricos, y que deben combatirse en la actualidad y siempre.
Lo que Escohotado no puede explicar, sin embargo, es ¿por qué reaparecen una y otra vez el pobrismo y el comunismo? Independientemente del contexto social y religioso del momento, simepre parece haber una vuelta a las mismas raíces igualitaristas, las cuales de hecho parecen brotar espontaneamente en diferentes momentos históricos, sin que unas tengan inspiración o continuidad en las anteriores. ¿Por qué? ¿Y cómo lo evitamos?

Creo que Adam Smith en su momento ya dio en el clavo con su tesis de "The wealth of nations": debemos dejar actuar la codicia humana, pero de manera controlada. Tenemos que domar la codicia y encauzarla, de tal modo que produzca riqueza para los codiciosos, pero asegurando que en el camino beneficie y cree riqueza para el conjunto de la sociedad también. Tenemos que regular la codicia. Adam Smith fue de los primeros en reconocer y crear aceptación para el denostado instinto de la codicia, del cual habla expresamente. Sus postulados acerca de cómo (y por qué) regularlo, no obstante, presuponen también la aceptación del instinto de la justicia, incluso aunque no se mencione ni explicite.

Frente a los neoliberales contemporáneos, que decidieron quedarse sólo con la idea de la (supuesta) "autorregulación de los mercados", y que se han dedicado a abolir cualquier contención o cauce para la codicia, hay que contraponer precisamente el crecimiento limitado. El crecimiento redistributivo. El crecimiento para todos. Tolerar a los ricos mientras se garantice que haya suficiente para que todos vivan dignamente. Que nadie obtenga una segunda porción mientras aún quede gente que no haya comido.
¿Por qué? Porque los humanos tienen un instinto de aversión hacia la injusticia. Un instinto que, cuando es suficientemente violentado, reacciona con exacerbada e imparable virulencia, destruyendo ciegamente todo a su paso, reestableciendo una igualdad sobre el tablero. Esto no es una profecía o una vaga conjetura. Es una certeza biológica. Una necesidad evolutiva. Algo que volverá a pasar una y otra vez mientras no reconozcamos esta fuerza de la naturaleza.

Sóo prosperan aquellas sociedades que reconocen y aceptan las leyes naturales, que actúan en consecuencia y de acuerdo con ellas. Haríamos bien en tomar buena nota de estas dos fuerzas contrapuestas si no queremos que nuestro actual modelo económico pase a ser una nota más a pie de página de la Historia de occidente.

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