Reseña del libro “Divided” de Tim Marshall
Tim Marshall es un periodista inglés especializado en
diplomacia internacional y asuntos exteriores, y como divulgador ha escrito
varios libros de temática relacionada con la geopolítica. Por recomendación de
Shirvan en su canal de YouTube “Caspian Report”[1],
leí dos de sus libros: Prisioneros de la geografía y Divididos. Ambos libros
son entretenidos y divulgativos, y especialmente el primero tiene un tempo
trepidante que hace difícil dejar de leerlo. Quizá debido a ese ritmo
desenfrenado, no obstante, parece que la memoria retiene pocas de las ideas
fundamentales que el libro intenta transmitir, más allá de la vaga noción de
que la constitución geográfica de un país condiciona fuertemente su
geopolítica.
Hoy, en cualquier caso, quiero hablar un poco sobre “Divided”, el cual tiene más relevancia en relación a la asignatura de DBGH debido a que nos plantea un escenario de futuro (pero ya bien presente) que hasta hace poco tiempo parecía impensable: que el mundo globalizado en el que vivimos haya decidido aislarse en sus respectivas naciones, escondiéndose detrás de muros cada vez más altos.
Para entender el conflicto que estos muros plantean, quizá
sea bueno echar la vista atrás y revisar cuáles eran nuestras nociones
occidentales previas. Al menos en lo que a mí respecta, las expectativas en las
que fui criado sostenían que a medida que el mundo se fuera globalizando más y
los viajes internacionales se fueran facilitando y abaratando, las diferentes
sociedades y culturas del mundo se irían aproximando y mezclando. Para los que
crecimos durante el nacimiento de la Unión Europea, esta idea se iba
concretando a pasos agigantados ante nuestros propios ojos: apareció la libre
circulación de bienes y personas por todo el espacio de la Unión Europea,
permitiendo que cualquier ciudadano de la Unión se fuera a vivir y trabajar a
cualquier otro país miembro. Y poco después también se implementó una moneda
común única: el Euro. Parecía que el avance era imparable, y los optimistas
como yo soñábamos con crear una nación federal europea al estilo de los Estados
Unidos de América, con un ejército único europeo, una política exterior
unificada, y dos instancias de actuación: la supranacional (federal) de la
Unión, y el nivel local o regional, siguiendo la máxima de “pensar globalmente
y actuar localmente”. En esencia, parecía que las antiguas fronteras nacionales
tenían fecha de caducidad y que perderían su relevancia a medida que nuestra
sociedad se fuera entremezclando.
La realidad, por supuesto, tiene otros planes, y tras las
primeras crisis económicas propias del sistema capitalista en el que vivimos,
el edificio de la Unión Europea empezó a resquebrajarse: en tiempos de escasez,
cada país mira por sus propios intereses, y las diferentes cosmovisiones y
éticas del trabajo empiezan a separar a las gentes. Todo ello culminando, hace
relativamente poco, con la salida de Reino Unido de la Unión con el ‘Brexit’.
Hasta 2013, cuando dejó de impartirse la asignatura, el
profesor Armando González seguía animando a sus estudiantes a interesarse por
la Antropología Física. Su argumento estaba relacionado con cuestiones
migratorias: al ritmo que los humanos estábamos migrando y mezclándonos, en pocos
siglos acabaríamos por diluir las escasas y superficiales diferencias
exteriores que distinguen a los humanos de diferentes regiones del mundo, y que
llevaron miles de años de aislamiento reproductivo para generarse.
Cabe preguntarse en estos momentos cruciales si tales
predicciones son realmente realistas. Desde la perspectiva de principios de
milenio en el que parecía que toda la humanidad estaba convergiendo en una gran
aldea global, desde luego tiene sentido. ¿Qué ha cambiado entonces? Es difícil
decidirse por un solo factor. Quizá subestimamos las barreras culturales e
idiomáticas existentes entre las naciones europeas. Quizá no contamos con la
posibilidad de un influjo masivo de refugiados y migrantes económicos de
culturas muy distintas a la nuestra y con valores que, en ocasiones, son
opuestas a los valores europeos. Quizá sobreestimamos nuestra propia
multiculturalidad y nos olvidamos de que una gran parte de los ciudadanos de
clase trabajadora europeos no son tan cosmopolitas como habíamos pensado. O quizá no quisimos ver que un influjo masivo
de migrantes podía disminuir nuestro privilegiado nivel de vida y que no estábamos
dispuestos a compartir nuestra riqueza y bienestar.
Sea como fuere, Tim Marshall nos hace un repaso global
acerca del estado de la situación de las barreras físicas que se están levantando
para evitar precisamente que esa mezcla de gentes pueda llegar a darse. La
aldea global quizá sea diferente de como nos imaginamos: todos juntos, sí, pero
no revueltos. Conectados, pero separados. Trabajando a distancia, por internet,
pero cada uno en su casa y en su país. Eso parece ser el nuevo rumbo que se
está tomando desde occidente, y en muchos lugares del mundo se están levantando
unas murallas que son dignas del muro de Berlín. Incluso países miembros de la
Unión Europea están cercando sus fronteras con otros países miembro, lo cual es
un síntoma interesante y significativo de los tiempos que corren.
Por lo demás, y si no fuera por un detalle sobre las
barreras socioeconómicas intranacionales, el libro lo cierto es que sería un
poco soso: plantea la cuestión, hace una radiografía del momento, pero no parece
ofrecer ni soluciones ni propuestas. Igual es que no las hay. Y eso es un poco
deprimente. Igual que deprimente es el tema que menciono de las barreras socioeconómicas
dentro de los propios países. Habiendo vivido en Sudáfrica en 2015, me chocó
mucho ver como la sociedad se atrincherada detrás de los muros de sus casas o
de comunidades amuralladas, rodeadas de alambre de espino, altos muros, cámaras
de seguridad y registros de seguridad en las entradas. Extramuros dejaban abandonado
un mundo salvaje e inhóspito, y literalmente conseguían transmitir a la
conciencia colectiva la sensación de que los espacios públicos eran ahora
tierra de nadie, una selva sin ley. Tim Marshall explora este fenómeno y sus
peligrosas consecuencias para la cohesión social a lo largo de una veintena de
páginas, y sólo por eso merecería la pena leer su libro. Personalmente lamento
que el libro no dedicara al menos un capítulo entero a esta cuestión, por
cuanto me parece un tema potencialmente mucho más preocupante que la impermeabilización
de las fronteras nacionales. Para quien no lo visualice aún, la cuestión es
sencilla: ¿se daría usted un paseo de noche por el barrio madrileño de las
Barranquillas, famoso por ser escenario del tráfico de drogas duras? ¿Se
aventuraría usted a visitar las favelas brasileñas? ¿Consideraría Ciudad Juárez
como destino de sus vacaciones familiares? Parece que por toda Latinoamérica hay
ya barriadas enteras en las que uno puede entrar, pero nadie garantiza que
salga con vida. Ni la policía se atreve a entrar. Otro tanto pasa en países
como Sudáfrica, donde además la vigilancia se ha subcontratado a empresas
privadas de seguridad, no siendo ni las fuerzas policiales dignas de confianza.
Ante la percepción de peligro que representan los espacios públicos, los
ciudadanos pudientes se refugian en comunidades y urbanizaciones fortificadas,
abandonando a su suerte los espacios públicos. Seguros en sus refugios, que son
caros de mantener, pugnan además por pagar menos impuestos, lo que repercute
por mayores recortes en infraestructuras y seguridad en la vía pública. Es el
comienzo de un círculo vicioso que separa internamente cualquier sociedad en
dos esferas: la de los desheredados y marginados, y la de los pudientes
privilegiados. Creo que ningún lector quiere ver su nación convertida en un
estado fallido como México donde el crimen organizado campa a sus anchas. Y,
sin embargo, al ritmo con el que crece la desigualdad y la polarización social,
este escenario es más realista y cercano de lo que nos imaginamos.
Aún siendo un tema fascinante este de la segregación
socioeconómica, hay que conceder que quizá sea menos relevante desde el punto
de vista de la asignatura de DBGH. Tim Marshall hace un relato interesante del
sistema de castas de la India, y de cómo este sistema se asienta sobre bases
raciales, religiosas y culturales. Pero sus raíces son milenarias y es poco probable
que en occidente una segregación socioeconómica pudiese desembocar a corto plazo
en una segregación racial. Máxime cuando el ritmo acelerado de nuestro mundo
capitalista hace prever que en pocas décadas podrían revertirse estos efectos
por vía de revoluciones, guerras civiles, o disturbios generalizados. Lo vemos
ya en algunos estados socioeconómicamente segregados en estamentos estancos:
México se precipita en la anarquía e ingobernabilidad, y Brasil podría seguirle
si la diferencia entre ricos y pobres continúa acrecentándose. Un desenlace
como el de Siria puede llevar a un colapso completo de la sociedad y a la
necesidad de reconstruir desde cero. No parece, por tanto, que tales estamentos
pudiesen enquistarse en occidente como lo hicieron en la India, pero las
razones que evitan ese enquistamiento ciertamente no son muy alentadoras
tampoco.
Con todo lo dicho, aunque el libro invita a reflexionar, la
reflexión no la fomenta Tim Marshall, y si no la planteo yo aquí en estos
términos, a más de un lector se le escaparía. En total le daría un 6 sobre 10
al libro, y en su utilidad directa para la asignatura quizá solamente un 4 sobre
10.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.